#OrdenamientoAmbiental Recuperar el suelo para almacenar carbono y sostener la vida

12/20/20, 4:45 PM

Sobre el desarrollo de la bioenergía en Argentina

#OrdenamientoAmbiental Recuperar el suelo para almacenar carbono y sostener la vida

En 2020 la humanidad fue interpelada por una nueva crisis global (la sanitaria), íntimamente relacionada con la crisis ecológica, climática y social. Esta crisis planetaria ha logrado incorporar en el centro del debate público la relación entre desarrollo económico y la apropiación (y cosificación) de la naturaleza, sobre el qué y el cómo producimos y consumimos, sobre las desigualdades sociales en el acceso a la salud, la vivienda digna, la alimentación y hasta internet, como parte del todo. En este contexto, un crisol de lógicas corporativas y estatales se disputan el destino de los recursos naturales (commodities, bienes comunes o recursos estratégicos).

Uno de estos recursos esenciales es el suelo fértil. El suelo fértil es un recurso no renovable y al mismo tiempo un organismo vivo, allí crecen y se desarrollan las plantas, cultivos, pasturas y bosques. Es la base para la provisión de alimentos, forraje, fibras, biocombustibles, biomateriales, refugio y hábitat de miles de millones de microorganismos con quienes durante millones de años co-evolucionaron. El suelo es fundamental para la vida en la tierra pero, sin embargo, lo estamos sobreexplotando y degradando.

La degradación de los suelos, aunque fenómeno global en la Argentina, reproduce una realidad distópica: festejamos la exportación de millones de toneladas de alimentos, biocombustibles y minerales y el ingreso de divisas dolarizadas y en el proceso perdemos suelo fértil, agua y  biodiversidad, siendo estos los capitales naturales más amenazados del país.

El INTA y el Centro de Conservación de Suelo (PROSA) revelaron en 2019 que el 36% de los suelos argentinos ya sufren procesos de erosión hídrica y eólica (100 millones de hectáreas). Esto es un problema ambiental y también de salud pública. En 1990 se comercializaron en Argentina 300.000 toneladas de fertilizantes, en 2019 un total de 4,6 millones de toneladas. El 68% (equivalente a 3,6 millones de tn/ USD 1050 millones) se importaron. Exportamos nutrientes naturales e importamos fertilizantes sintéticos.

Es verdad dejamos atrás el arado (en la década del ´90) pero la evidencia científica nos indica que no ha sido suficiente producir conservando sino que es necesario regenerar el suelo fértil, apostando tal vez a la diferenciación competitiva de una producción orgánica y agroecológica de alimentos y pasturas, a pasar de la agricultura de la conservación a la producción agroforestal, agrícola y ganadería regenerativa (ver por ejemplo el caso INTA Oliveros, harina agroecológica).

Un debate recurrente, también vinculado al uso del suelo para actividades agro-energéticas, se sitúa entre utilizar la fotosíntesis del pasado (combustibles fósiles) o la fotosíntesis del futuro (cultivos energéticos, biomasa, residuos de procesos productivos, etc.) para sostener el desarrollo de nuestras sociedades.

Aunque las corporaciones energéticas y los estados dicen “impulsar” una transición energética hacia las energías renovables (entre ellas la generación de energía a partir de biomasa), su progreso ha encontrado resistencias y obstáculos en el lobby petrolero.

El desarrollo de la bioenergía en la Argentina requiere un régimen institucional y regulatorio que promueva un impacto positivo en la biodiversidad, en la salud de los ecosistemas y en las condiciones de vida del suelo. Por ejemplo, los cultivos energéticos o biomásicos seleccionados para la producción de biocombustibles o biomateriales deberán emular a la naturaleza en su funcionamiento, cuidando el balance de nutrientes del suelo, incrementando la diversidad y facilitando el secuestro de carbono. Para lograr un balance de CO2 favorable es necesario que el consumo de recursos se realice de forma más lenta que la capacidad de la Tierra para regenerarse.

En 2006 se aprueba en la Argentina la Ley 26.093, de Regulación y Promoción para la Producción y Uso Sustentables de Biocombustibles, que caducará en mayo del 2021. La Ley se proponía desarrollar las economías regionales, industrializar la ruralización, generar valor agregado en la producción primaria y diversificar la matriz energética, además de promover la sustentabilidad.

En una década nuestro país ha logrado colocarse primero en el ranking mundial de exportaciones de biodiesel, generar 40.000 puestos de trabajo (entre directos e indirectos) e instalar 33 plantas de biodiésel, con una capacidad de producción de 3,9 millones de toneladas por año y 22 plantas de bioetanol, con capacidad de 1,4 millones de toneladas anuales.

En la producción de biocombustibles es relevante la selección de la materia prima para poder evaluar su performance ambiental.  Un análisis de ciclo de vida, el balance de gases de efecto invernadero y la evaluación de los impactos en el suelo fértil, la biodiversidad y el agua resultan imprescindibles para impulsar la bioenergía como alternativa a los combustibles fósiles.

La producción de biocombustibles en Argentina se ha centrado en la transformación del poroto de soja (biodiesel) y en la caña de azúcar/maíz (bioetanol), contribuyendo a profundizar los impactos sociales y ambientales de estos cultivos. Sin detenernos a analizar los impactos negativos de la producción de biodiesel y bioetanol, sobre el suelo, el clima, los bosques, la biodiversidad, el agua y los pueblos originarios, la Argentina tiene una oportunidad histórica para impulsar biocombustibles (biodiesel, bioetanol, y biogás) a partir de otros orígenes de la biomasa. Salir de la soja, el maíz, o la caña de azúcar para explorar materias primas, subproductos y residuos de origen orgánico y renovables del sector agrícola, forestal, industrial y urbano, que no compitan con el cultivo de alimentos, no requieran insumos químicos sintéticos ni tampoco ampliar la frontera agropecuaria sobre tierras no agrícolas. El sorgo granífero o el cardo son dos ejemplos de materias primas de baja intensidad de consumo de agua, agroquímicos y requerimiento de suelo, y no compiten con la producción de alimentos, considerados así como biocombustibles de segunda generación.    

Además de diversificar las materias primas bajo criterios de sustentabilidad, el nuevo marco regulatorio que impulse los biocombustibles en Argentina debería también impulsar la producción de biometano-biofertilizante (sustituyendo el gas y los fertilizantes de origen fósil) apoyándose en el amplio desarrollo de infraestructuras para la distribución de gas en hogares (Gas de red), la industria (GLP) y en el transporte automotor (GNC).

Sin dudas, la producción de biometano tiene un triple impacto positivo, permite producir energía limpia a partir de residuos orgánicos (o cultivos biomásicos), producir biofertilizantes en el proceso para reponer nutrientes al suelo, y disponer de un combustible apto para la descarbonización del transporte, escalable a todo el país y con potencial de corte con el hidrogeno.

Discutir la dirección de la política agrícola y energética o las políticas de conservación del suelo fértil (o, dada su situación, las políticas de restauración y regeneración) implica también reflexionar sobre la gobernanza de los bienes comunes (falta de gobernabilidad publica), el acceso y los usos del suelo, las necesidades productivas y ambientales, fiscales, distributivas y de política cambiaria. En síntesis, discutir también las posibilidades reales de los paradigmas productivos y político-culturales alternativos.

El suelo fértil recorrerá el mismo camino que el agua si el Estado no regula el uso y los mecanismos de regeneración y cuidado del suelo, como estrategia de largo plazo de mitigación al cambio climático y reproducción de la vida.

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